más amores infantiles
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“¡Niña! ¿Qué haces, que te ríes tanto?”
“Nada, madre.
Voy a devolver el libro que me prestó Fernando.”
“¿Fernandito el de Maria Luisa?”
“El mismo, madre.
Que cuando lo nombro me ahoga la risa.”
“¡Niña! ¿Dónde vas con tanta alegría?”
“A la calle, padre.
A hacer un recado cerca de la librería.”
“¡Hola, Fernando!” “¿Qué hay, niña?”
“Toma lo prestado.”
“No hacía falta, te lo regalé para toda la vida.”
Rosa Gascón Ruiz de Azagra
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Así quiero verte
¡Oh, clara voz
grabada en mi alma!
¡Oh, linda piel
de canela!
¡Oh, dulce mirada
picaresca!
¡Oh, príncipe galán
de mi fiesta!
¡Ven! Ven aquí a mi lado,
decías…
Ya está preparada la mula
y el carro para nuestro paseo…
Y me sentaba orgullosa a tu lado
y decías…
¡Vamos a imaginar nuestro paseo
por las calles
riendo y de la mano!
¡Así quiero verte siempre,
feliz, radiante!
Leonor Bru
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El misterio del amor (año 1950)
Pedro era un niño de unos nueve años. Cuando volvía del colegio, en su misma calle se encontraba, como cada día, una niña jugando con su muñeca. A él le gustaba verla. Tenía unos cabellos largos, rubios, que caían sobre sus hombros hasta casi la cintura y se movían suavemente cuando movía la cabeza. Pero lo que más le gustaba eran sus ojos, grandes y rasgados, dándole una apariencia oriental.
Todos los días procuraba volver a la misma hora para encontrarla jugando en la puerta de su casa…¿Por qué le gustaba verla?, se preguntaba a veces. Él sabía muy poco sobre el amor, pero lo suficiente para saber que existía algo que producía una cierta atracción entre los chicos y las chicas. Ese algo era lo que hizo que sus padres se casaran y formaran una familia. También veía a los jóvenes ya mayores que iban cogidos de la mano por las calles, con claras muestras de atracción entre ellos. ¡Tal vez fueran novios…! No lo sabía. Todo eran incógnitas a su edad. Pero sabía que cuando fuese mayor encontraría las respuestas apropiadas…¡Tal vez, hasta podría casarse con esa niña de los cabellos largos y rubios…! Era muy joven todavía. Ya llegaría a tener la edad suficiente para saber cuál era aquel sentimiento que atraía a los hombres y las mujeres…Mientras tanto seguiría viendo con interés y alegría a la niña de los ojos orientales…
Miguel Albert Castelló
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Toño tenía cinco años y Carmencita sólo cuatro. Ambos se sentían muy bien juntos. Siempre se les veía juntos, de la mano. Los demás niños coreaban voz en grito: “¡Toño y Carmencita son novios! ¿Novios! ¡Novios!”, y los acompañaban con grandes risas de complicidad.
Así pasaron más de dos años y de pronto Carmencita cogió el virus de la meningitis y murió. Toño se lo tomó aparentemente con naturalidad, habían muerto otros niños en el barrio y había visto pasar los pequeños ataúdes blancos. Hasta subió los dos trancos de la reja de carmencita para verla estirada e inmóvil con su vestido nuevo. Pero en su incosciente la cosa fue muy diferente. Podía entonces oírse en todas las radios la canción Ya suenan las campanas, que decía así: “Espérame en el Cielo, cariñito adorado, / que si Dios te ha llevado, fiel te quiero ser yo. / Si no fuera pecado, robaría mi vida / para estar a tu lado, junto a tu corazón.” Era sólo una canción, pero en su subconsciente , donde reinan los sentimientos y el deseo, su deseo de estar junto a carmencita era demasiado fuerte e insano. Después de eso y en varias ocasiones un coche había frenado demasiado cerca de su cuerpo estremecido. Sus padres le reprochaban que se había vuelto un atolondrado, y le pedían que tuviera más cuidado al cruzar la calle. Él mismo no se explicaba lo que le estaba pasando. Aquel día todos los de su calle se encontraban en el almacén del más rico labrador de los alrededores. Estaban cargando el producto de la cosecha. Toño se hallaba sentado encima de unos sacos llenos de maíz, apilados contra la pared, Su espalda se apoyaba en un saco y detrás de él sólo estaba la pared del fondo de local. Un camión entraba reculando guiado por el ayudante, marcha atrás. Su trasera avanzaba lentamente hacia Toño, pero éste no se quitó de allí. La chapa de la trasera del camión ya casi iba a tocar su ropa, pero Toño siguió sin moverse. Inesperadamente, el ayudante dio un paso hacia Toño y pudo ver uno de sus pies. Con grandes aspavientos indicó el ayudante al chófer que parara. Éste frenó en seco cuando ya la trasera del camión oprimía fuertemente el pecho de Toño. Maldiciendo, lo sacaron de allí, haciéndole las inútiles preguntas del caso. Mientras lo sacaban a rastras del local una pequeña luz de entendimiento se encendió en su cerebro. No se puede tener todo lo que se quiere.
Rafael González Marfil
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Hace dos meses que mamá está muy contenta conmigo, porque desayuno rápido y no me tiene que repetir, “¡que vas a llegar tarde!” ¿Ves? Ya acabé. Me voy. Ni siquiera Eva me tiene que esperar, en la esquina de Correos, donde quedamos para ir juntas, llegamos casi a la vez.
¡Hola, Eva! Dos calles, el parque, dos calles más y el cole. ¡Qué largo es este parque! No sé que me está diciendo Eva de quedar con Azucena Solís, la de 1º B para cambiar cromos hoy cuando salgamos a mediodía, bueno, vale. Yo a lo mío.
Se lo tenía que contar a alguien, y anoche, en la cama, se lo dije a Ani, como es pequeñaja y no se chiva…”Ani, me gusta un chico.” “¿Sí, quién es?” “No sé, sólo que lleva un jersey rojo y estudia en Escolapios.” “¿Es guapo?” “No lo he visto nunca de cerca.” “Entonces, ¿por qué te gusta?” “No sé.” “¿Y lleva jersey rojo de uniforme?” “No, los Escolapios no llevan uniforme.” “Entonces será pobre, si siempre lleva el mismo jersey…” Ahora que lo dice, hay días que no lo veo, serán los días que no va de rojo. Buenas noches.
Eva nunca quiere que pasemos por la calle de los Escolapios, dice que hay muchos chicos y le da vergüenza, pero yo siempre insisto por si la convenzo y consigo ver de cerca al del jersey rojo, y sola tampoco voy a pasar, que a mí también me da mucho apuro.
Primera hora, Geografía. Segunda, Gramática. ¡Qué pesada está la monja con que tire el chicle! Yo lo que quiero es que sean las once para ir al recreo. El timbre, menos mal. Y ahora a correr, que no me quiten mi esquina del patio, donde lo veo, y de paso me como el bocadillo. Ya están estas pesadas llamándome para jugar. ¡No! No quiero jugar, sólo quiero quedarme aquí a comerme el bocadillo y esperar a que aparezca el del jersey rojo. ¡¡¡Ahí está!!! Si él a mí no puede verme, no sé por qué tengo tanto calor en la cara, seguro que estoy como un tomate, y encima me tiemblan las piernas y se me pone la barriga mala, es como si me diera vueltas, le tengo que decir a mamá que me haga el bocadillo de otra cosa. Pero ¡estoy tan contenta! Hoy lo he visto, a lo mejor tengo suerte y mañana viene otra vez.
Azucena, Eva y otras más están en el portal de enfrente cambiando cromos, me faltan dos para llenar el álbum. ¿Dónde tengo los míos? ¡Aquí están! ¡Tengo anto montón de repes…! ¡Ahí van! ¡Los cromos por el suelo…! ¿Cambias? Claro que cambio, pero ¿no ves que estoy recogiendo…? ¿Quién ha dicho que si cambio? ¡¡¡Madre mía, es él!!! Y yo con los cromos en el suelo, y estas piernas que tiemblan tanto que no me puedo levantar. “¿Te ayudo?” “No. Bueno, sí. Bueno, ¡yo qué sé!” Yo lo que quiero es desaparecer, salir corriendo, estar en otro sitio. Está aquí a mi lado, con el jersey rojo, ayudándome a recoger cromos. ¡Cuántos granos tiene y qué feo es! ¡Ay! ¡Si ya no me tiemblan las piernas! “Lo siento, tengo que irme.”
“¡Eva! Espera, que yo también me voy.”
Mamá, mañana no va a entender por qué no me doy tanta prisa en desayunar, seguro.
Marga Cristóbal Tamargo
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Eterno Amor
Habiendo transcurrido el tiempo, me es imposible olvidar ese amor de la infancia, donde todo era maravilloso, como salido de un cuento de hadas y donde el imaginado “príncipe azul” era infaltable a los anhelos de poseerlo fuera como fuese. Con la más pura inocencia de esa edad.
Recuerdo como con sólo su presencia se me iluminaba el universo, todo era bello, desde el amanecer más nublado al perfume de la flor más marchita que se mostraba en algún jardín no muy lejano. Cada vez que nos cruzábamos me embargaba una emoción inexplicable. ¡Había encontrado a mi príncipe azul! Y estaba absolutamente segura de que el resto de mis días en mi existencial historia de vida quería pasarlos a su lado. Tenía todo lo que una mujer puede pretender: era elegante, simpático, conquistador, se percibía su generosa caballerosidad y era admirablemente inteligente. ¿Qué más se podía pedir?
Pero cómo todo cuento de hadas era casi imposible poseerlo. Así que comencé poco a poco y con resignación a quitármelo de la mente y del corazón. Fue el amor platónico más bello y hermoso que pude tener.
Sólo sé que si al día de hoy lo vuelvo a ver, por nada del mundo renunciaría a lo que fue, es y seguirá siendo mi verdadero amor de la infancia.
Patricia Fazio
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Iba de las tortugas a los columpios, de los columpios a los tubos, y yo, como una mosca, pegada a él, nunca le había visto antes en los juegos de la fuente, debía de ser dos o tres años mayor que yo, un chaval de la Escuela de Aprendices. Si me vio no lo sé, porque parecía estar solo, como si fuera autista. Me gustó un montón y pensé en lo guapo que era, un chaval alto, muy moreno, el pelo y los grandes ojazos super negros. Desapareció, lo esperé por las tardes, pero nunca volvió, y nunca lo olvidé.
Este verano lo vi con su mujer, y le comenté a mi marido esta historia infantil, pues yo tenía nueve años. Mi marido me contestó que ese chico y él habían sido compañeros en Begoña y más tarde en Aprendices.
Pero lo más bonito de la historia es que su hija y mi hijo son novios.
Angelita Lloris Aguilera
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Benetúser, 1960.
¡Con cuanto cariño recuerdo las tardes de mi infancia! Mi madre, con otras madres, nos llevaban a sus hijas a la playa de Pinedo para bañarnos, merendar y, sobre todo, jugar. En esta ardua tarea intentaba ser, no el líder, pero cercana a ese puesto. Me recogía fuertemente el pelo con una coleta para que nada me obstaculizara la visión, y así, verano tras verano, ¡qué feliz!, ¡cuánto disfrute!, hasta el último verano que nuestras madres nos acompañaron.
A partir de los doce o trece años, yo tenía doce, podíamos ir con las parejas de novios, nosotras éramos sus “escoltas”. Ese año vino al pueblo el sobrino del “Torra”, así era su apodo, contaban que su padre, siempre que le preguntaban, “¿qué hacemos, Blas?” (ése era su verdadero nombre), él contestaba, “¡Anem a fer una torrà!” Pues bien, este sobrino del “Torra” vivía en Ademuz, y por aquello de la playa se vino al pueblo. Era rubio, con ojos verdes, todas estábamos prendadas de él, pero él sólo enía ojos para Pili, una de las amigas que tenía el pelo largo y siempre lo llevaba suelto. Ese verano los juegos en la playa no fueron igual que otros años, yo ya no participaba como otras veces y no me recogía el pelo con la goma…Por suerte para mí, se fue después del verano, y yo volvía a RECOGERME EL PELO.
Rita Castañón
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APRENDIENDO EL AMOR
Hoy, al doblar una esquina me tropecé con tus ojos y bajé los mismos en un impulso de pueril pudor, incapaz de resistir la mirada de los tuyos, acariciadora y burlona. Una corriente cálida fue subiendo por mi cuerpo, envolviéndome con un tibio cosquilleo hasta desembocar en la cara cubriéndola de un ligero rubor, el mismo que a los diez años, inocente y dulce, me hizo esconderla entre los pliegues de tu chaqueta de hombre, demasiado grande sobre el cuerpo de un muchacho, para no ver las sonrisas de la gente que seguía con simpatía nuestras evoluciones en el salón de baile, mientras la voz de Manolo Escobar, sonaba lejana y machacona
Eran las fiestas en el pueblo de mis abuelos y de los tuyos y dejaron en mi un recuerdo imborrable. Fue tan solo un ensayo del amor pero llenó mi mundo de sensaciones y sentimientos nuevos y desconocidos que empezaron a abrirse en mi camino hacia la adolescencia.
Luego entre nosotros el tiempo. Solo tu sonrisa y mi rubor. Tus recuerdos y los míos. Una vaga añoranza, un escondido rumor… ¿Como sabrían tus besos?
Antonia Amores Vicente
