otras niñasdiosas
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EL VIAJE
Extendí la mano al tiempo que cerraba los ojos, intentando atrapar aquella estrella que se reflejaba en los espejos del mar y sentí que me hundía en sus profundidades, arrastrada por una fuerza extraña, que me resultaba agradable. Era como si hubiera alcanzado la ingravidez del universo en la inmensidad de las aguas y me invadió una gran paz interior. Al fin me decidí a abrirlos y ante mí se desplegó todo un arco iris de colores, como entresacados de la paleta de un pintor impresionista. Un mundo maravilloso e ignorado me abría sus puertas, invitándome a adentrarme en él.
Una cuadriga de hipocampos tiraba de una calesa de madreperlas mientras las rayas, de torso moteado, los róbalos y un gran pez sierra retozaban a mi alrededor. Un cangrejo de cuerpo rosado se ocultó entre los policromados corales al verme y un enorme calamar comenzó a bailar sin descanso, girando sobre sus tentáculos, observado a distancia por un grupo de viejas vieiras que bostezaban con desgano.
De improviso percibí un algo tras de mí y al darme vuelta un simpático delfín me animaba, con un gracioso movimiento de su cabeza, para que me subiera sobre su lomo, y cuando ya iba a hacerlo una cohorte de ceremoniosos langostinos me rodeó, ofreciéndome unas hermosas guirnaldas de perlas que al intentar cogerlas, se fueron deshaciendo en mis manos, transformándose en miles de estrellas que esparcían una luz cegadora; pude atrapar una de ellas y por unos segundos experimenté toda la intensidad de su magnetismo.
Me así a la cola de un pez espada y me dejé llevar hasta las profundidades más abruptas; quería flotar, gozar, soñar…
- A la nanita nana, nanita eaa…
Tu voz me hizo volver a la realidad. Allí estaba yo, sentada en la barca que me llevaba de nuevo hacia ti. Y podía vislumbrarte en la lejanía de la orilla opuesta y escuchar de nuevo tu voz, ¡tanto tiempo añorada! Al fin volvíamos a reunirnos y como cuando era niña escucharía otra vez de tus labios aquellas viejas historias de la mar, de nuestro mar, mientras dejaría reposar mi cabeza sobre tu regazo.
- A la nanita nana, nanita eaa…
El barquero hizo un gesto con su mano. Habíamos llegado al final del camino… ¡por fin!.
Mª Rosario Real Salcedo
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Esta lloviendo. Veo desde el comedor como el agua cae en chorritos desde las tejas hasta el suelo mojado del patio. No es que llueva a cantaros, ni con gotas gordas de esas que explotan al chocar contra el suelo, no, que va, según decía mi mamá esta mañana cuando volvíamos del mercado, es solamente agua de mojabobos, sin pararse a pensar que es muy fácil decir eso cuando una está bien parapetada debajo del paraguas, no como yo que trotaba tras ella refugiándome cuando podía debajo de todos los balcones que encontraba al paso, y claro, acabé como una sopa, así que debo ser de lo mas boba. No me extraña que al oír el comentario el hijo de la señora Martina “que si cabía” bajo el paraguas de su madre, me sacara la lengua.
No contenta con semejante falta de consideración se ha pasado la mañana suspirando melodramáticamente: “Que si mira que llover hoy”, “Que si ya lo sabia ella”…”Que si no hay lunes de aguas que no caiga un chaparrón”… ante mi sorpresa, porque a mi me parece de lo más lógico y así se lo he dicho, que no se porque me meto donde no me llaman, como ella suele decirme siempre, con muy malos modos, todo hay que decirlo.
-Pero mamí, pues si es lunes de agua tendrá que llover…
Ni siquiera se ha molestado en contestarme, ha bastado la mirada que me ha lanzado para darme cuenta, aunque no sepa porque, de que acababa de meter la pata hasta el corvejón que por cierto no se lo que es, pero que lo he oído decir siempre.
Luego mi hermana, cuando acabó de reírse de mi, como si el hecho de ser cuatro años mayor que yo fuera merito suyo, me explicó no se que historia de que se llama así porque hace muchos años en Semana Santa un cura, al que llamaban padre putas, se llevaba a todas las prostitutas en barca, al otro lado del río, luego las volvía a traer un lunes como hoy y la gente venía a la orilla del río para verlas venir, mientras merendaban . La verdad es que no he entendido nada de nada, ni siquiera se lo que son prostitutas, ni porque al pobre cura le llamaban esa cosa tan fea, aunque si se que las putas son esas señoras que se pintan tanto y se tiñen el pelo de rubias, pero mi hermana me ha dicho que ella tampoco lo sabe muy bien, así que estoy hecha un lío, y se por propia experiencia que estas cosas no se le pueden preguntar a los mayores pues siempre se van por los cerros de “Ubeda” que debe ser un sitio muy lejano. Según la sabelotodo de mi hermana tengo que espabilarme y escuchar con disimulo detrás de las puertas si no quiero ser una inculta el día de mañana.
En fin que acabaremos comiendo el hornazo en casa pero a mi no me importa, pues siempre que nos juntamos todos los primos, a mi como soy la del medio no me dejan jugar, los mayores porque soy chica, y los pequeños porque soy grande, así que acabo sentada bajo la acacia recapacitando en lo injusta que es la vida, mientras los demás entran y salen como vándalos, corriendo por la casa mientras mi tía, sin dejar de charlar con mi madre y sus otras hermanas, les grita amenazadoramente que les va a hacer y a deshacer, sin que nadie la haga caso, entre otras cosas porque con aquel garigay no hay quien entienda nada, que como dice mi abuelo, meciéndose en alguno de los campos de patatas:
_ ¡Esta juventud está perdida!
Antonia Amores Vicente
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SOY COMO EL AIRE
Lucho contra la nostalgia que me ahoga, busco en mi mente el “pensamiento alegre” del que habla Peter Pan para poder volar. Cierro los ojos con fuerza y extiendo mis brazos en busca de la corriente de aire que me eleve y me lleve hacia el infinito.
¡ Ya te distingo!, mis alas planean sobre tu fértil tierra, y desde la altura, te veo tendido sobre la ladera, iluminado por el sol de los veranos de mi juventud.
Posada cual paloma sobre la torre de la iglesia, recorro con el índice el contorno de tus azules cumbres en los limpios atardeceres del estío, luego, el aroma a tomillo me envuelve y mis pulmones se llenan de aquellos días de libertad casi inconsciente.
Mis ojos se pasean por el verde de las lozanas viñas que reptan sobre las suaves colinas semejando un mar en calma sobre la rojiza tierra mullida por el arado, y la mente me devuelve la sensación de vida plena, frescura adolescente que todo lo quiere y todo lo sueña.
Ahora convertida en aire, libre de toda atadura carnal, acaricio tu suelo, entro en tus casas con suave murmullo, paseo juguetona por tus calles, canto al oído a tus gentes y digo bajito, solo para mis adentros,!cuanto te echo de menos!.
Rosa Gascón Ruiz de Azagra
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A doña Sofía…
Septiembre del 56. La mañana era fresca, limpia, había llovido la noche anterior y la tierra dejaba escapar esos olores que avisan que las uvas habría que pensar en recolectarlas.
Mi primer día de escuela: la bolsa, mi libreta de dos rayas y una carta para mi maestra. Con todo esto me apresuré a vestir mi guardapolvo blanco, impecable, siempre avisada por mi madre, “¡no te ensucies!, ¡te tiene que durar toda la semana!”
Salí corriendo hacia la escuela, estaba a dos calles, pero se me hizo interminable. Ya dentro, me apuré a ponerme en mi sitio, desoyendo a mis compañeras, que gritaban todas a la vez para decirme algo. Quieta, de pie, esperaba la entrada de mi maestra en la clase, y cerré los ojos para percibir mejor su colonia, Heno de Pravia.
“¡Buenos días!”, dijo la maestra… “Esa voz no es de ella…”, me dije.
“Por la señal…”
“¿Doña Sofía…? ¿Doña Sofía…?”
“Chisssssssst”, se oyó en toda la clase.
Un pellizco de mi compañera me hizo girar la cabeza. Me decía: “¡Doña Sofía murió este verano! ¿Es que no te has enterado?”
No pude decir nada. Ríos de lágrimas salían de mis ojos, no podía parar, bajaban hasta mi boca y no tenía con qué limpiármelas.
“¡Con la bata, con la bata!”, susurraban mis compañeras.
“No, ¡la bata blanca me tiene que durar toda la semana!”
Rita Castañón
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Fue un día de mi vida…
Aquella luz amarillenta afincada en mi memoria de una manera angustiosa marcó mi niñez al mismo tiempo que una incomprensible nostalgia invade mi pensamiento, una nostalgia llena tan sólo de momentos que no debiera recordar.
Eran unos inviernos fríos y grises, las paredes de mi casa florecidas por la negra humedad de largos días tenían a mi madre desalentada, la casa olía a pena y la ropa nunca se secaba. Al atardecer yo, inquieta, miraba por la ventana con la única ilusión de ver aparecer a mi padre subido en su bicicleta azul, aquélla que mi tío Felipe le regaló cuando vino de América. Le veía asomar por la bocacalle helado de frío, el cuerpo y el alma despojada de esperanza, todo el día recorriendo las calles para al final, llegada la noche, decir: “Encarnación, ¡qué mal día ha sido hoy, hija mía, no sé si te apañarás con lo que traigo, quince o veinte duros.” ¡Malditos sean todos los dictadores del mundo y todos los salvadores de la Patria! Gracias al tirano vivimos nuestros mejores años en la más pura miseria.
Cuando mi padre llegaba mi madre me decía: “Anda, chiquitica, pon la sartén con un poco de aceite y fríele al papá un huevo.” Él, siempre paciente y resignado, se comía aquel huevo con un trocito de cebolla, con un trocito de guindilla, con un ajo seco, lo que fuera, cualquier cosa estaba bien para acompañar aquel huevo, que se comía despacito como si fuera lo último que fuera a comer.
Angelita Albors Aguilera
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Cuando mi mamá me llevaba en su seno venía a esta casa a decir cómo quería que se la hicieran. Yo nací en ella.
Fui criada con leche materna de los pechos de mi madre. Mi mamá me contaba que no siendo yo muy pequeña aún iba a que me diera leche de sus pechos.
No existían los cochecitos, siempre en brazos de los padres.
Jugábamos en la calle, no existían los coches particulares y la calle estaba libre.
A los cuatro años todos los niños y las niñas empezábamos a ir a la escuela. En mi misma calle teníamos una señora maestra, doña Nati, y allí aprendí a leer.
¡Quién pudiera ser niña y estar rodeada de tus padres y recibir el cariño que ellos depositaron en mí!
Más mayor fui al Colegio de la Alameda con doña María Ruiz, las chicas teníamos nuestra escuela, los chicos la suya. Todos en la Alameda (y en esa escuela comenzó, por cierto, a crearse la E.P.A.).
Después vino la guerra española donde luchaban españoles contra españoles. Nuestro pueblo fue bombardeado por mar y por aire. Toda la maquinaria de los Altos Hornos fue trasladada a Cieza. La población quedó desierta, cada uni se fue donde pudo. A mi mamá el primer año de guerra le dio una embolia y quedó paralizada de la parte derecha. Yo tenía doce años, mi papá pedió permiso en fábrica y se lo concedieron, para hacerse cargo de mi mamá y de mí y de mi hermano, y nos fuimos a Paiporta, donde teníamos casa y piso en la calle Lepanto, que se la hizo mi padre siendo soltero. Allí estuvimos muy a gusto. Aún tengo familia y amigas, y nos relacionamos continuamente. Cuando terminó la guerra volvimos al Puerto. Tuvimos que reparar parte de la casa por el daño que los bombardeos habían causado. En ella han muerto mis padres y en ella vivo yo, la misma donde nací.
Carmen Senent Llácer

toñi Amores dijo
me doy cuenta releyendolos una y otra vez, que casi la mayor parte de los escritos tienen un maiz de dolor en los recuerdos y aunque ya se que la infancia de nuestra generación transcurrió en una época con algunas(muchas) carencias, sé que eramos niñas alegres y disfrutabamos mucho con pocas cosas por eso las apreciabamos mas y yo al menos asi las recuerdo y me gusta recordarlas
11 Noviembre 2007 | 11:25 PM