niñosdioses
Niñosdioses
Cuando éramos niñosdioses, como Juan Ramón, o Peter Pan, y podíamos todo.
*
Con mis amigas, en mi casa, leíamos tebeos, y luego hacíamos obras de teatro para los niños de la calle, y con el dinero que recogíamos queríamos comprar un solar para levantar un teatro en la Glorieta de Sagunto. De pequeña siempre fui muy feliz…
Mari Carmen Bru Batalla
*
De pequeña es todo bonito. Para mí así lo fue: lo que más me gustaba era estar con mi madre y jugar en el corral tan grande que teníamos, con mis amigas. Me acuerdo de que siempre dibujaba una señora con un carrito y un muñeco, ahora descubro que seguramente era lo que más me habría gustado tener, y como no había forma de que me lo compraran, por eso lo dibujaba.
Antonia Estada Huerta
*
Recuerdo con mucho cariño a Elodia, una amiga. He jugado mucho con ella en mi infancia… Era en casa de mis abuelos paternos. En ella, la escalera que subía desde la andana a la terraza dividía nuestras dos casas. Fue un tiempo muy feliz. Teníamos nuestros nombres escritos en la pared, y así, cada una tenía su propia casa. Hace pocos años que esa casa fue derrumbada para hacerla nueva, y aún conservaba los nombres escritos en el yeso.
Amparo Gil Llorens
*
Cuando era niña estaba enferma con tuberculosis, así que no podía ni ir a la escuela ni salir y jugar con otras chicas. No sabía jugar. Me quedaba en casa con mi madre. Yo no era muy feliz, con el médico, los hospitales, el régimen, las pastillas…Tenía miedo a los otros chicos y chicas, porque no estaba acostumbrada al mundo infantil.
Sin embargo puedo recordar algunos momentos que no fueron tan grises o dolorosos. Así, por la mañana yo me quedaba en la cama. Mi madre había puesto una cama en el salón, y el sonido de ella limpiando los muebles, el olor de la cera, eran para mí un momento feliz, porque me sentía protegida por las sábanas limpias, los muebles brillantes, mi madre con sus idas y vueltas…Y lo mejor era cuando, una vez por semana, me daba una revista para niños que se llamaba Nano et Nanette. Los dibujos me encantaban, y las historias me permitían vivir otra vida distinta de la mía, en otros países, ir con los caballos, descubrir misteriosos tesoros, ser la hija de un rey de la India. Así fueron las horas de libertad y de vida “intensa” que pude yo vivir.
Joséphine Fourcaud
*
Recuerdo haber sido muy feliz en casa de mis abuelos maternos. Eran muy buenos y cariñosos, especialmente mi abuelo. Enfrente de la casa tenían un huerto donde mi abuelo plantaba verduras, frutas y muchas flores, recuerdo lo bien que lo pasaba en él.
También recuerdo con cariño y un poco de nostalgia cuando jugaba con mis amigas en la playa. Todas vivíamos en el mismo barrio, yo tenía la playa al final de la calle. Cogíamos caracoles de las piedras que estaban dentro del agua. Eran muy feos, de color muy oscuro, pero cuando los limpiábamos con salfumán se quedaban muy bonitos, parecían de nácar. Con ellos nos hacíamos pulseras y collares.
Luisa Lázaro García
*
Recuerdo sobre todo que iba a pasar el verano con unos abuelos, aunque estaba a cinco o seis quilómetros de casa no podía ir a la playa, porque no teníamos coche, pero cada quince o veinte días por la acequia del pueblo pasaba agua, y aprovechábamos para ir a bañarnos acompañados de una persona mayor. Recuerdo que mientras me preparaba la toalla y las zapatillas saltaba de alegría como si me fuera de fiesta. Al regreso les contaba a mis abuelos cómo me lo había pasado y alucinaban y me decían, “¿Qué harás cuando vayas a la playa?” No sé qué hice pero esos momentos los recordamos muchas veces…
Lotita Ariño de la Asunción
*
“Hazaña Valerosa”
En un tiempo ya lejano y donde la niñez ocupaba en nuestras vidas la razón más importante de vivir, conservo un recuerdo en mi memoria como la anécdota sobresaliente de esa etapa en la que la infancia se volvía inconsciente, pura e irremediablemente irresponsable.
En una tarde soleada de otoño mis amigos y yo (entre los que estaba incluido mi hermano) decidimos dar comienzo a una aventura que incluía un paseo en bicicleta de aproximadamente 10 km. de ida y otros 10 de vuelta. Éramos cinco que montábamos sólo tres bicicletas y contábamos apenas con 10 ó 12 años de edad. Ahí se supone que estaba la “hazaña”. Pues bien, al margen de que nuestros progenitores no tuvieran conocimiento de nuestra impresionante aventura, emprendimos el itinerario, que por cierto era absolutamente incierto, ya que sabíamos adónde queríamos llegar pero desconocíamos cómo. Después de mucho andar y recorrer caminos atravesando avenidas y carreteras, llegamos al primer lugar de destino; la casa de una de mis tías. Es de destacar la cara que se le quedó al vernos; entre sorprendida y con pánico a la vez. Obviamente que al seguir con nuestras visitas programadas, mi tía cogió el teléfono y se puso al habla inmediatamente con mis padres. Lo peor fue que al “tocar tierra” en el domicilio de mi otra tía (la hermana de mi madre), recibimos una reprimenda inolvidable.
Al regresar a casa nos temblaban las piernas de sólo pensar en lo que nuestros padres nos iban a decir o, lo que es peor, el castigo que nos impondrían.
En lo que respecta a mi hermano y a mí no recuerdo ninguna sanción severa.
Y así culmina nuestra gran hazaña, que fue para nosotros el mayor trofeo que habíamos obtenido. No así para los ojos de los adultos que fue para ellos, la locura más grande y desatinada que les regalamos ese día.
Patricia Fazio.
*
EL VIAJE
Extendí la mano al tiempo que cerraba los ojos, intentando atrapar aquella estrella que se reflejaba en los espejos del mar y sentí que me hundía en sus profundidades, arrastrada por una fuerza extraña, que me resultaba agradable. Era como si hubiera alcanzado la ingravidez del universo en la inmensidad de las aguas y me invadió una gran paz interior. Al fin me decidí a abrirlos y ante mí se desplegó todo un arco iris de colores, como entresacados de la paleta de un pintor impresionista. Un mundo maravilloso e ignorado me abría sus puertas, invitándome a adentrarme en él.
Una cuadriga de hipocampos tiraba de una calesa de madreperlas mientras las rayas, de torso moteado, los róbalos y un gran pez sierra retozaban a mi alrededor. Un cangrejo de cuerpo rosado se ocultó entre los policromados corales al verme y un enorme calamar comenzó a bailar sin descanso, girando sobre sus tentáculos, observado a distancia por un grupo de viejas vieiras que bostezaban con desgano.
De improviso percibí un algo tras de mí y al darme vuelta un simpático delfín me animaba, con un gracioso movimiento de su cabeza, para que me subiera sobre su lomo, y cuando ya iba a hacerlo una cohorte de ceremoniosos langostinos me rodeó, ofreciéndome unas hermosas guirnaldas de perlas que al intentar cogerlas, se fueron deshaciendo en mis manos, transformándose en miles de estrellas que esparcían una luz cegadora; pude atrapar una de ellas y por unos segundos experimenté toda la intensidad de su magnetismo.
Me así a la cola de un pez espada y me dejé llevar hasta las profundidades más abruptas; quería flotar, gozar, soñar…
- A la nanita nana, nanita eaa…
Tu voz me hizo volver a la realidad. Allí estaba yo, sentada en la barca que me llevaba de nuevo hacia ti. Y podía vislumbrarte en la lejanía de la orilla opuesta y escuchar de nuevo tu voz, ¡tanto tiempo añorada! Al fin volvíamos a reunirnos y como cuando era niña escucharía otra vez de tus labios aquellas viejas historias de la mar, de nuestro mar, mientras dejaría reposar mi cabeza sobre tu regazo.
- A la nanita nana, nanita eaa…
El barquero hizo un gesto con su mano. Habíamos llegado al final del camino… ¡por fin!.
Mª Rosario Real Salcedo
