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1 Noviembre 2007

amores infantiles

Amores infantiles

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Corría el año 1961. En mi pueblo se llevaba la campaña de la Cruz de la Bondad. Yo tenía diez años, y los chicos ya adolescentes tenían el deber de fijarse en los chicos pequeños, pues según su comportamiento con las personas mayores y con todos en general nos daban puntos para conseguir dicha cruz. Pues entre estos chicos allí estaba Santi, un chico guapo y simpático en el que yo fui a fijarme como una tonta. Estaba siempre pendiente de él…Eso creía yo que era amor, pero no fue así. Yo salí del pueblo y para mí aquello se terminó, sólo fue ilusión, pues el amor lo conocí ya de mayor.

Julia Martínez Monteagudo

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En la edad de diez años me gustaba mucho Juanito. Yo esperaba en la ventana de mi casa a que pasara por allí y cuando de lejos lo veía venir bajaba las persianas para que él no me viera, porque me daba vergüenza. Un día iba a comprar cuando se me acercó él a preguntarme dónde iba, y yo enseguida me puse colorada y no sabía qué contestarle, nada más supe decirle que no quería que nos viesen juntos hablar, y entonces él me dijo, “no te preocupes, yo te acompañaré, pero me pondré detrás de ti y así no nos verán juntos”, y todo el rato fuimos hablando uno detrás del otro hasta llegar al sitio al que yo iba.

Mari Carmen Gimeno Gil

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A la edad de ocho años tenía una amiga que se llamaba Reme y siempre decía que le gustaba un chico, pero él siempre venía detrás de mí, y se enfadaba, porque decía que yo era más fea que ella…Ahora aún nos acordamos de aquello, pero no fue ni para ella ni para mí.

Pilar Sancho Villaplana

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Recuerdo cómo en mi infancia, aún sin pretenderlo, empecé a sentir los primeros latidos del amor a través de los dibujos que con tanta perfección recibía. El dibujo preferido era de aviones. Asi, con la fantasía propia de la edad, viajaba por tierras misteriosas e islas desiertas. Todo sucedió como un sueño cuyo despertar no fue amargo.

Antonia Graullera Huerta

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Éramos un grupo de amigas y amigos. En verano veían todos a casa por la noche a jugar a varios juegos, y estábamos sentados en sillas. Uno de los juegos era que te dijera una frase el de la derecha al oído, y tú le decías otra al que estaba a tu izquierda, completamente distinta, y este juego nos gustaba, porque habías tratado de sentarte al lado del chico que más te gustaba, y sentías al aproximarte que el corazón latía con más fuerza.
También te resultaba encantador ciando te felicitaban con algún verso, que era solamente para ti (por ser el día de tu santo). Siempre me gustaron los chicos altos, pero ¡qué pena!, me tocaban los bajitos.

Lola Máñez Morató

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Mi amiguita Angelita estaba jugando conmigo. Jugábamos a la pelota. Pasó Miguel y dijo, “¿puedo jugar con vosotras?” Yo dije, “sí”, pero enseguida me acordé de que a Miguel le gustaba Angelita, porque siempre le gastaba bromas en la clase, le escondía la goma, o le ponía notitas, tiraba a la mesa papelitos…Ella estaba harta, decía que era un pesado (un plasta), pero yo sabía que en el fondo le gustaba, pues cuando no venía a clase me preguntaba por él.

Mª Ángeles Galarza Romero

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Tenía seis años cuando iba a la Glorieta para ver a Mable, un chico que me gustaba mucho, y por las noches soñaba con él. Él no sabía nada, pero como jugaba conmigo, poco a poco nos hicimos amigos y salíamos juntos, y yo estaba encantada. Era un amor de chiquillos.

Fina Ruiz Gómez

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Era una tarde de abril. Mi madre estaba conmigo porque nunca me dejaba sola. Cada día me llevaba con ella a andar un porquito para que “los colores vuelvan a tu cara”, como decía ella. Seguíamos el curso del río, que se llamaba La Charente, y a la izquierda había un campo verde con flores recién nacidas, amarillas. Yo estaba sentada en el tronco caído de un árbol cuando, de repente, enfrente de nosotros, sentado encima del muro de un castillo del siglo XIX, surgió un chico con el pelo rizado, castaño, y dijo: “Me llamo Olivier. Mi señora, reciba mis saludos”, y se fue. El encanto nunca se quitó de mi vida, nunca me dejó. El “príncipe de los tiempos antiguos” estaba para siempre en mi vida de chica, de mujer. Y así es como he llamado a mi segundo hijo, Olivier.

Josephine Fourcaud

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Soy Manuel. Dirijo dos fábricas de historias, verdaderas y fantásticas, en Sagunto, una en el pueblo alto, en una antigua Guardería, y la otra en el Grao. Aquí vendrán, poco a poco.

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